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Josep Pont, experto en nutrición: “El estrés prolongado cambia lo que comemos, cómo, cuándo y por qué; en este estado perdemos la capacidad para notar la saciedad”

Hay días en los que una tableta de chocolate parece la única respuesta posible al estrés. Otros, en cambio, la ansiedad cierra el estómago hasta hacer que comer pase a un segundo plano.

Redacción HyperNews

· 3 min de lectura · 0 lecturas · Fuente: La Vanguardia

Josep Pont, experto en nutrición: “El estrés prolongado cambia lo que comemos, cómo, cuándo y por qué; en este estado perdemos la capacidad para notar la saciedad”
Foto: La Vanguardia

Hay días en los que una tableta de chocolate parece la única respuesta posible al estrés. Otros, en cambio, la ansiedad cierra el estómago hasta hacer que comer pase a un segundo plano. Una discusión, una jornada especialmente estresante o un periodo de incertidumbre pueden cambiar por completo la forma de relacionarnos con la comida. Mientras algunas personas pierden el apetito, otras recurren a alimentos ricos en azúcar, grasas o sal en busca de un alivio inmediato. Aunque este comportamiento es habitual, detrás de él existe una compleja interacción entre el cerebro, las emociones y el organismo que influye tanto en lo que elegimos comer como en la manera en que nuestro cuerpo responde a esos alimentos.

“La alimentación emocional aparece cuando utilizamos la comida para gestionar lo que sentimos. No comemos porque el cuerpo nos pide energía, sino porque la mente busca este consuelo, una recompensa, una distracción”, explica a La Vanguardia Josep Pont, consultor y formador nutricional. El autor de Tu vida en la mesa (Plataforma Actual) señala que el hambre emocional busca alimentos concretos “que suelen ser chocolate, patatas o algún tipo de dulces” y advierte que esta sensación de hambre continúa después de comer.

La relación entre el estrés emocional y la alimentación

¿Qué emociones suelen estar más relacionadas con la necesidad de comer aunque el cuerpo no tenga un hambre real? ¿Existe un perfil emocional que sea más propenso?

Sobre todo, suele ser el estrés, la ansiedad, la tristeza, el aburrimiento y la soledad. También cuando nos aburrimos y estamos solos surge el impulso de picar. Aunque, curiosamente, los momentos de felicidad también se celebran con comida.

No existe un perfil único; muy a menudo, suelen ser personas muy autoexigentes, que normalmente viven aceleradas en su día a día, que dedican mucho tiempo a cuidar de los demás y muy poco a cuidarse a sí mismas.

Muchas personas aseguran que, cuando están estresadas, necesitan alimentos dulces o muy calóricos. ¿Qué ocurre en el organismo para que aparezcan estos antojos?

Básicamente, nuestro cerebro siempre está buscando esta eficiencia, y cuando estamos sometidos a un estrés, interpreta que necesitamos una energía rápida y un empuje rápido y por eso nos lleva a consumir alimentos ricos en azúcares y grasas.

Las dos elecciones más fáciles que nuestro cerebro busca, y estos alimentos activan los circuitos de recompensa y producen un alivio inmediato, aunque el problema es que todo este placer va a durar unos minutos, pero el estrés sigue allí.

Cuando el estrés se cronifica hay muchas personas que empiezan a buscar alimentos muy energéticos

¿Hasta qué punto el estrés crónico modifica nuestro apetito y nuestra relación con la comida?

Muchísimo, porque el estrés prolongado no solo cambia lo que comemos, sino que cambia el cómo, cuándo y por qué comemos, y esto es muy importante. En este estado solemos masticar menos y perdemos la capacidad de notar la saciedad, dejamos de disfrutar del acto de comer y se convierte en algo más mecánico.

Hay personas que comen más cuando están nerviosas y otras que pierden completamente el apetito. ¿Por qué el estrés provoca respuestas tan diferentes?

Porque cada persona es un mundo y cada organismo interpreta el estrés de manera distinta, pero ante un estrés intenso y agudo es frecuente que el apetito desaparezca; sin embargo, cuando el estrés se cronifica, se queda estancado, muchas personas empiezan a buscar alimentos muy energéticos. Aquí influyen muchas cosas, como la genética, las hormonas, la personalidad de cada uno y la educación alimentaria que hemos recibido. Los hábitos también juegan un papel muy importante.


Fuente original

Adelanto de la información publicada por La Vanguardia. Lee la noticia completa en La Vanguardia ↗

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Comentarios (2)

  • L

    Lucía R. · hace 2 h

    Excelente análisis, me ha aclarado varias dudas que tenía. ¡Gracias!

  • M

    Marcos T. · hace 5 h

    No estoy del todo de acuerdo con el segundo punto, pero muy bien argumentado.

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