Ismael Dorado, psicólogo: “El estrés posvacacional es un estrés de ricos, de personas que lo tienen todo, y no debe confundirse con la rabia que da que se te acabe algo ...
Septiembre suele llegar acompañado de la sensación de volver a empezar. Retomar el trabajo, hacer deporte, comer mejor, organizarse, recuperar horarios o plantearse nuevos objetivos se acumulan en una lista que puede…
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Septiembre suele llegar acompañado de la sensación de volver a empezar. Retomar el trabajo, hacer deporte, comer mejor, organizarse, recuperar horarios o plantearse nuevos objetivos se acumulan en una lista que puede convertir el regreso de las vacaciones en una fuente de presión.
En conversación con La Vanguardia, Ismael Dorado, psicólogo y criminólogo, e integrante de la Junta Directiva de la Sociedad Española para el Estudio de la Ansiedad y el Estrés, explica por qué aparece esta autoexigencia y cómo afrontar la vuelta a la rutina de una manera más realista.
¿Por qué hay personas que en septiembre sienten que tienen que mejorar de repente todos los aspectos de su vida?
Es una presión que, en buena medida, nos marcamos nosotros mismos porque vivimos en un estado de insatisfacción permanente. Pasamos gran parte del año esperando las vacaciones y, cuando por fin llegan, enseguida pensamos en que se están acabando. Nuestro propio diálogo interno es: “Qué rápido pasan las vacaciones”. En lugar de disfrutar del momento, anticipamos su final. Podríamos aprovechar ese periodo para observar qué nos hace sentir bien y aprender de ello. Quizá durante las vacaciones descubrimos que nuestro cuerpo y nuestra mente funcionan mejor cuando descansamos, pasamos tiempo con la familia, paseamos, hacemos deporte o, simplemente, no hacemos nada. La cuestión sería preguntarnos qué parte de todo eso podemos incorporar después a nuestra vida cotidiana, en lugar de volver exactamente al mismo punto de partida.
Hemos interiorizado que tenemos que ser productivos constantemente y hemos olvidado que descansar también forma parte de esa productividad. Si habláramos de una máquina, entenderíamos perfectamente que necesita detenerse, reiniciarse y recibir mantenimiento para seguir funcionando. Sin embargo, con nosotros hacemos lo contrario: seguimos y seguimos hasta que el cuerpo nos obliga a parar. Desconectar no significa perder el tiempo. Nos permite recuperarnos física y mentalmente. Yo siempre digo que, si quieres ser muy productivo, tienes que aprender también a desconectar. En vacaciones, por ejemplo, mi principal objetivo es precisamente no trabajar: dedicar tiempo a mi familia, hacer deporte, ir al cine, tomar algo o incluso sentarme a contar olas. No todo momento tiene que tener una finalidad productiva.
Lo primero es entender que no podemos resolver el primer día todo lo que se ha acumulado durante las vacaciones. Hay que priorizar. Cuando volvemos y abrimos el correo podemos encontrarnos muchísimos asuntos pendientes, pero debemos diferenciar qué es urgente, qué es importante y qué puede esperar. Los objetivos tienen que ser pequeños y progresivos. También recomiendo no regresar de vacaciones a última hora del día anterior a incorporarnos al trabajo. Nuestro cuerpo necesita un periodo de adaptación. Si es posible, conviene disponer de un día para recuperar poco a poco horarios, sueño y rutinas. Y, sobre todo, deberíamos cambiar la mirada: en lugar de centrarnos exclusivamente en que las vacaciones han terminado, podemos agradecer haber tenido la oportunidad de disfrutarlas y descansar.
Nos sucede algo parecido a lo que ocurre con un ordenador cuando abrimos demasiadas ventanas: llega un momento en que se bloquea. Si nos imponemos demasiados objetivos, dejamos de ser realistas y nuestro cuerpo puede responder con ansiedad y estrés. A veces alguien vuelve de vacaciones y dice: “Acabo de llegar y ya me encuentro mal”. Quizá el problema es que ha sometido al organismo a una exigencia para la que no estaba preparado. Por eso digo que no hay que tener prisa por quitarse las chanclas. Podemos concedernos una o dos semanas para recuperar progresivamente el ritmo. Eso no significa desatender nuestras responsabilidades, sino priorizarlas y aceptar que es imposible tenerlo todo resuelto el primer día.
¿Hasta qué punto es normal sentir cierto estrés durante los primeros días de vuelta?
Siempre digo que el estrés posvacacional es un estrés de ricos, de personas que lo tienen todo, y no debe confundirse con la rabia que da que se te acabe algo bueno. Es el estrés que siente alguien que ha tenido vacaciones y que tiene trabajo. No deberían ustedes tener estrés; deberían tener mucho agradecimiento por ser unos bendecidos de la vida, por poder disfrutar de todo eso.
Por ejemplo, muchas mujeres tienen unas vacaciones que han consistido en cambiar de cocina. Entonces, las vacaciones son muy diferentes, incluso dentro de los propios núcleos familiares. Hay personas que han disfrutado de unas vacaciones fantásticas y hay otras que han pasado sus vacaciones trabajando, haciendo comida para un montón de personas y manteniendo un montón de horarios, o simplemente han estado en la oficina.
Es normal necesitar un periodo de adaptación. El problema aparece cuando pensamos que tenemos que recuperar inmediatamente el mismo ritmo que teníamos antes de marcharnos. Además, no estamos preparados para atender correctamente muchas tareas a la vez. Esa idea de que podemos hacerlo todo simultáneamente acaba generando más presión. La prioridad durante los primeros días debería ser adaptarnos de nuevo al trabajo, no pretender que todo funcione desde el primer minuto como si nunca nos hubiéramos ido. Incluso podemos utilizar ese malestar para revisar nuestra organización. Si cada año volvemos y encontramos una cantidad inasumible de trabajo acumulado, quizá no deberíamos culparnos por habernos ido de vacaciones, sino plantearnos si necesitamos reorganizar determinadas tareas.
Las vacaciones no deberían vivirse como algo bueno que hemos perdido, sino como algo bueno que hemos disfrutado
Uno de los aspectos fundamentales es recuperar el sueño. Durante las vacaciones modificamos horarios: nos acostamos más tarde, comemos a otras horas o dormimos siesta. Nuestro reloj biológico también necesita tiempo para reajustarse. No podemos pretender cambiarlo todo de un día para otro. Hay que ir modificando los hábitos progresivamente y aceptar que quizá durante dos o tres días durmamos peor o menos horas. No significa necesariamente que exista un problema, sino que estamos atravesando una adaptación. Cuanto más normalicemos ese proceso, menos estrés añadiremos. Muchas veces el sufrimiento no procede únicamente del cambio de rutina, sino de exigirnos estar perfectamente adaptados desde el primer día.
Si constantemente pensamos “ahora estaría poniendo la sombrilla en la playa”, estamos comparando nuestra realidad actual con un momento que ya ha pasado. Es mucho más saludable cambiar la perspectiva: “Qué bien que hace cinco días pude estar allí y ojalá pueda volver pronto”. Las vacaciones no deberían vivirse como algo bueno que hemos perdido, sino como algo bueno que hemos disfrutado. Parece un cambio pequeño, pero psicológicamente es importante. Podemos sentir agradecimiento por haber descansado y, al mismo tiempo, volver a nuestra vida cotidiana. Además, no siempre necesitamos esperar otro año: quizá dentro de unas semanas podemos organizar una escapada o reservar un fin de semana para nosotros.
Septiembre también invita a revisar nuestra vida y aparecen las comparaciones. ¿Cómo podemos evitar medir nuestras vacaciones o nuestros logros con los de los demás?
Las redes sociales potencian muchísimo esa comparación. Podemos pensar: “Yo he estado en Alicante y esta persona ha estado en las islas griegas, así que sus vacaciones han sido mejores”. Pero no tiene por qué ser así. Un destino no determina la calidad de unas vacaciones. Lo importante es preguntarnos cómo nos hemos sentido, qué hemos vivido y con quién hemos compartido ese tiempo. Puedes encontrarte en el lugar aparentemente más maravilloso del mundo y tener unas vacaciones horribles. Y puedes estar sentado en una silla frente a una playa cercana pensando: “Esto no lo cambiaría por nada”. No es solamente dónde estás, sino cómo estás. Compararnos con una imagen de las vacaciones de los demás nos impide valorar nuestra propia experiencia.
Periodista en el equipo de Audiencias de La Vanguardia. Antes, en el equipo de Redes Sociales. Graduada en Periodismo y Comunicación Corporativa por la Universidad Ramon Llull.
Fuente original
Escrito originalmente por @lavanguardia para La Vanguardia. Lee la noticia completa en La Vanguardia ↗
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