¿Pueden las tres leyes de la robótica ayudarnos a ser mejores parejas?
La inteligencia artificial promete mejorar la medicina, la educación, el trabajo y el acceso al conocimiento. Pero también ha producido errores, sesgos, invasiones de la privacidad, manipulaciones y decisiones…
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La inteligencia artificial promete mejorar la medicina, la educación, el trabajo y el acceso al conocimiento. Pero también ha producido errores, sesgos, invasiones de la privacidad, manipulaciones y decisiones automatizadas perjudiciales. Por eso, los marcos éticos actuales insisten en prevenir el daño, proteger la dignidad, mantener la supervisión humana y exigir responsabilidades.
La pregunta de fondo es antigua: ¿cómo lograr que una inteligencia creada por nosotros nos beneficie en lugar de perjudicarnos? Asimov la situó en el centro de sus relatos. En Yo, robot, Susan Calvin considera a los robots seres «más limpios y mejores» que los humanos; y en Robbie, un padre sostiene que un robot cuidador es más digno de confianza porque no puede dejar de ser fiel y protector. ¿Y si esa aparente superioridad no procediera de su inteligencia, sino de un código que establece qué proteger cuando los intereses chocan?
Un código para máquinas inteligentes
No son mandatos independientes, sino una jerarquía. La autoprotección deja de importar si alguien corre peligro; la obediencia, si la orden produce daño. Asimov anticipó así una cuestión central de la ética tecnológica: no basta con construir una máquina capaz; hay que decidir qué límites orientarán su conducta.
Sus leyes no pueden trasladarse literalmente a la inteligencia artificial actual. Conceptos como «daño», «persona» o «inacción» son demasiado ambiguos para convertirse en instrucciones infalibles, y los propios cuentos exploran las paradojas resultantes. Sin embargo, la intuición permanece: ciertas garantías deben existir antes de confiar en una tecnología poderosa.
Del robot a la pareja
El primero exige no dañar deliberadamente ni desentenderse del sufrimiento ajeno. Supone no humillar, despreciar, manipular ni utilizar las vulnerabilidades del otro durante una discusión. También se daña por omisión, ignorando necesidades importantes o dejando sola a la pareja cuando atraviesa un momento difícil. No obstante, no dañar no significa evitar todo malestar: una relación sana requiere desacuerdos, límites y verdades incómodas.
El equivalente de la segunda ley no puede ser la obediencia, porque nadie es dueño de nadie. Debe ser la cooperación: escuchar, dejarse influir, atender necesidades legítimas y sostener un proyecto común, sin sometimiento ni pérdida de dignidad. Sadie Plant observó que las leyes podían recordar a los antiguos votos de amar, honrar y obedecer, colocando tanto a la esposa como al robot al servicio de otro. Aquí se propone lo contrario: cooperación entre iguales.
La tercera ley representa el autocuidado. Estar en pareja no debería exigir la desaparición de uno mismo. La salud, la autonomía, los valores, los vínculos propios y el proyecto vital continúan importando. Quien se sacrifica sin límite acaba con frecuencia agotado, resentido o dependiente.
Las parejas ya viven entre reglas
La psicología estudia desde hace décadas las normas explícitas y tácitas de las relaciones. Michael Argyle y sus colaboradores identificaron algunas muy extendidas: respetar la privacidad, guardar confidencias, no criticar a la pareja en público y corresponder a la ayuda recibida. Otros trabajos destacan discutir sin degradar, intentar comprender al otro, no desviarse del problema y buscar una solución en vez de limitarse a ganar.
Muchas parejas nunca han formulado estas reglas. El conflicto aparece cuando ambos creen compartirlas, pero las interpretan de manera distinta. Una norma resulta útil cuando es comprensible, viable y aceptada por los dos. Las exigencias imposibles —«nunca debes decepcionarme» o «si me quisieras, sabrías lo que necesito»— generan más control, culpa y ocultación que seguridad.
Una norma resulta útil cuando es comprensible, viable y aceptada por los dos
Los principios de John Gottman y Nan Silver —conocer el mundo interno de la pareja, cultivar el afecto, responder a sus intentos de conexión y aceptar su influencia— apuntan en la misma dirección.
También el derecho español fija para el matrimonio unos mínimos de igualdad, respeto, ayuda mutua y corresponsabilidad. Pero una norma jurídica establece un suelo; no puede fabricar una relación afectuosa.
Principios elegidos, no programación
Las leyes de Asimov están inscritas en el cerebro positrónico: el robot no elige asumirlas. Con las personas es distinto. Aprendemos a relacionarnos observando a nuestras familias, viviendo experiencias anteriores y recibiendo modelos culturales, pero podemos examinar lo aprendido y decidir qué conservar.
Ahí reside el valor ético del cuidado humano. Podemos engañar, atacar o anteponer nuestro interés y, aun así, elegir no hacerlo. Los principios de una pareja deben aceptarse y negociarse, no imponerse mediante el miedo o la vigilancia.
Tampoco existe un catálogo universal para toda relación. Las normas dependen de la cultura, el momento vital, la historia compartida y el vínculo acordado. Las terapias contextuales buscan qué formas de acercamiento, aceptación, protección y cambio funcionan para dos personas concretas. Esto no significa que todo sea relativo: el maltrato, la coerción y la humillación no se justifican por ninguna peculiaridad relacional.
Cuando el código más falta hace
Los códigos parecen innecesarios mientras todo funciona. Su importancia se descubre cuando alguien está enfadado, cansado o tentado de obtener ventaja a costa del otro. En la inteligencia artificial importan cuando la rapidez, la escala o la opacidad dificultan detectar el daño; en la pareja, cuando el afecto espontáneo no basta para impedir que una discusión termine en humillación o para recordar que cuidar no obliga a anularse.
Asimov mostró que ningún código elimina la complejidad: las reglas chocan, se interpretan mal y producen consecuencias imprevistas. Quizá esa sea la lección común.
Cuanto más podemos afectar la vida de otro —mediante una tecnología o dentro de una relación íntima—, más necesarios son los principios que limitan el daño y orientan el cuidado. Una buena pareja no está formada por dos seres programados, sino por dos personas libres que eligen, también cuando cuesta, no dañarse, cooperar y no desaparecer.
* Jorge Barraca Mairal es doctor en Psicología, psicólogo especialista en Psicología Clínica y profesor titular de Psicología en la Universidad Camilo José Cela. Dirige un centro de terapia de pareja en Madrid (terapiadeparejamadrid.es) y está especializado en terapias contextuales e intervención con parejas. Su último libro es Infidelidad. Una mirada contextual (2025) y tiene múltiples publicaciones científicas y divulgativas sobre relaciones de pareja.
Fuente original
Escrito originalmente por @lavanguardia para La Vanguardia. Lee la noticia completa en La Vanguardia ↗
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