Carrie Wilkens, psicóloga experta en adicciones: «Pensar que hay que tocar fondo para buscar ayuda es una de las ideas más perjudiciales»
Carrie Wilkens lleva más de 25 años tratando el consumo de sustancias y el estrés postraumático. La cofundadora del Center for Motivation and Change (CMC) y copresidenta de la Foundation for Change (una organización sin…
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Carrie Wilkens lleva más de 25 años tratando el consumo de sustancias y el estrés postraumático. La cofundadora del Center for Motivation and Change (CMC) y copresidenta de la Foundation for Change (una organización sin ánimo de lucro centrada en el apoyo a familias afectadas por el consumo de sustancias) firma Esperanza Radical, publicado en España por Yonki Books, una guía para el entorno de las personas que se encuentran inmersas en una adicción.
—Existe un solapamiento real, pero no son lo mismo. Tanto las sustancias a las que se genera una adicción como los comportamientos compulsivos activan los sistemas de recompensa y aprendizaje del cerebro, las mismas vías implicadas en la formación y el refuerzo de los hábitos. La diferencia radica en la intensidad. Las drogas como los opioides o el alcohol actúan directamente sobre la química cerebral de formas en las que el juego o las redes sociales no lo hacen, lo cual explica en parte por qué la abstinencia de algunas sustancias conlleva riesgos médicos. Por lo tanto, el enfoque más preciso es que comparten mecanismos básicos, no que se trate de una misma afección. Algo que a menudo se pasa por alto es lo que ocurre cuando alguien deja un hábito, un comportamiento, sin abordar por qué lo hacía en primer lugar. Si alguien bebe para conciliar el sueño y deja de beber, pero nunca encuentra otras formas de gestionar el sueño, el problema subyacente sigue ahí. Puede que deje de beber y empiece a depender de somníferos, o que encuentre otra cosa que cumpla la misma función. El comportamiento cambia; la función, no. Por eso abordar las razones que hay detrás del comportamiento es tan importante como dejarlo.
—Hay varios aspectos que destacan. El mercado de las drogas es más peligroso. En Estados Unidos, el fentanilo ha cambiado radicalmente el cálculo de riesgos. Y la definición de lo que estamos tratando se ha ampliado. Vemos a más personas que luchan contra conductas como los videojuegos, el juego y las redes sociales, a menudo junto con el consumo de sustancias. También comprendemos el panorama subyacente mucho mejor que antes. El TDAH, el trauma, el TOC, la ansiedad y los trastornos del sueño no son aspectos ajenos a la historia, sino que a menudo son fundamentales en ella. Las personas no consumen en el vacío. Por lo general, están lidiando con algo, y cuando ese algo no se aborda, el cambio sostenible resulta mucho más difícil. Ese cambio de perspectiva, hacia ver a la persona en su totalidad en lugar de solo el comportamiento problemático, ha sido uno de los avances más significativos en este campo.
—Antes de lo que la mayoría de la gente cree, y mucho antes de que la situación parezca una crisis. Si algo empieza a causar problemas, ya sea en las relaciones, en el trabajo, a nivel emocional o físico, eso es suficiente. No hace falta un punto de inflexión dramático para justificar que te lo tomes en serio. Yo ampliaría esto también a las familias. Las familias son casi siempre las primeras en verse afectadas, y suelen tener más influencia de lo que nadie les dice. Muchas personas logran cambios reales sin llegar a recibir tratamiento, con el apoyo de la familia y la comunidad, y no a pesar de ello. Las habilidades que se enseñan en en mi libro no lo sustituyen; simplemente ayudan a las personas que prestan ayuda a hacerlo de forma más eficaz y más pronto. Muchas familias observan y esperan que su ser querido simplemente deje de hacerlo. A veces eso ocurre. Pero en ocasiones, en ese período de espera es precisamente cuando los patrones se afianzan más, y se cierra la ventana que hay para corregir el rumbo de una manera más sencilla. Lo mismo se aplica a los padres de adolescentes. Si los padres entendieran algo sobre cómo funciona realmente el cambio de comportamiento antes de que los problemas se afiancen, estarían en una posición mucho mejor a la hora de dar una respuesta, de tener una reacción que ayude, en lugar de formas que, sin darse cuenta, alejen aún más a alguien.
—Sí, y la considero una de las ideas más perjudiciales que siguen circulando. Me he embarcado en una especie de cruzada personal para acabar con esa frase. Ha contribuido a demasiadas muertes y, sencillamente, no está respaldada por pruebas. La gente cambia en todo tipo de momentos, a menudo mucho antes de que las cosas se vuelvan catastróficas. Esperar suele significar más daño, más tiempo perdido y más deterioro de las relaciones que, de otro modo, podrían apoyar el cambio. La premisa de que alguien tiene que toparse con un muro antes de estar preparado no solo es errónea. Disuade activamente a las personas de su entorno de hacer algo útil antes.
—Los adolescentes aún se encuentran en fase de desarrollo, tanto neurológico como social. Son más sensibles a la influencia social, se mueven más por las recompensas y se preocupan menos por las consecuencias futuras, lo cual no es un defecto de carácter, sino el resultado de su etapa de desarrollo. Eso lo condiciona todo: cómo se fomenta la motivación, a quién se involucra y en qué medida ayuda la estructura. En el caso de los adultos, suele haber más autonomía, pero también hábitos más arraigados y, a menudo, más consecuencias acumuladas que hay que abordar. Eso sí, en ambos casos, la relación y la calidad de la comunicación son de vital importancia.
—¿Cuál considera que puede ser la forma más efectiva que tiene una familia para apoyar a su ser querido en situación vulnerable?
—Para mí, lo más importante es mantener el contacto y actuar con estrategia a la hora de reforzar ciertos comportamientos. Esto implica prestar atención a cómo responden tanto a los comportamientos que les preocupan como a los más saludables, comunicarse de manera que reduzcan la actitud defensiva en lugar de aumentarla, y mantenerse centrados en los objetivos a largo plazo en lugar de reaccionar ante cada situación puntual. Las familias suelen subestimar la influencia que tienen, y a veces las respuestas bienintencionadas acaban reduciendo esa influencia.
—¿El proceso depende de que la persona decida que quiera ser ayudada y quiera cambiar? Es algo que se suele pensar.
—No, y esa creencia causa mucho sufrimiento innecesario. El comportamiento no surge de la nada. Está determinado por el contexto, y las familias son una parte importante de ese contexto. Cuando cambian su forma de reaccionar, lo que refuerzan, cómo se comunican y cómo mantienen el vínculo sin facilitar el comportamiento, se transforma el entorno en el que se produce dicho comportamiento. Eso puede suponer un cambio significativo, incluso cuando la persona no ha pedido ayuda.
—Por lo general, no se trata de un solo factor, y rara vez es lo típico de un momento dramático y decisivo. La mayoría de las personas sienten una verdadera ambivalencia. Quieren cambiar y, al mismo tiempo, no quieren. Lo que realmente lo impulsa suele ser una combinación de consecuencias, valores, relaciones y cambios en lo que se refuerza. Sentirse comprendido en lugar de juzgado también es más importante de lo que la gente cree, sobre todo al principio.
—¿Cómo se puede ayudara a que una persona se dé cuenta de que tiene un problema sin que tenga una reacción defensiva?
—No hay que intentar convencerlos a la fuerza. Hay que empezar por comprender por qué ese comportamiento tiene sentido para ellos, porque efectivamente lo tiene, les aporta algo, y partir de ahí, Cuando las personas se sienten comprendidas en lugar de confrontadas, son más propensas a empezar a analizar la diferencia entre lo que hacen y lo que realmente quieren. La confrontación suele generar una actitud defensiva, no es una toma de conciencia.
—¿El cerebro de las personas que han sufrido un trastorno por adicción queda permanentemente dañado?
—Afortunadamente, el cerebro humano es bastante resistente. Hay excepciones: algunas personas que han consumido mucho óxido nitroso, o algunos de los opioides más potentes del mercado, o que han tenido un consumo muy intenso y prolongado de otras sustancias, afirman que nunca vuelven a sentirse del todo igual. Eso es una realidad y vale la pena reconocerlo. Pero la mayoría de las personas, a medida que pasa el tiempo y adquieren nuevas habilidades y hábitos, se sienten más presentes, más sanas y más comprometidas de lo que esperaban. El cerebro cambia con el consumo, pero también cambia con la recuperación. Esa plasticidad funciona en ambos sentidos.
—Como información, no como un fracaso. Es algo habitual en el cambio de comportamiento, lo cual no lo hace más fácil, pero sí significa que vale la pena comprenderlo en lugar de limitarse a reaccionar ante ello. La pregunta útil es qué estaba provocando ese comportamiento en ese momento y qué faltaba. A partir de ahí, se ajustan las habilidades, los apoyos y el entorno, en lugar de empezar de cero o añadir vergüenza a una situación que ya de por sí es difícil.
—Lo primero que hay que decir es que la mayoría de las familias están haciendo todo lo que pueden. No cometen un error por indiferencia. A menudo actúan basándose en una serie de suposiciones sobre la adicción que están muy arraigadas y que, por desgracia, no son muy acertadas. Las ideas sobre la necesidad de confrontar, distanciarse, lanzar ultimátums o esperar a que alguien toque fondo provienen de algún sitio, y parecen lógicas dadas esas suposiciones. El problema es que esas suposiciones suelen equivocarse en el «por qué». Cuando las familias no entienden por qué su ser querido está haciendo lo que hace, qué le permite controlar, qué le aporta, qué tendría que cambiar para que dejara de tener sentido, tienden a responder al comportamiento en sí mismo en lugar de a lo que lo motiva. De ahí surgen la escalada, las discusiones y las amenazas. Quiero decir, no nacen de malas intenciones, sino de una pieza que falta. Cuando las familias empiezan a entender el porqué, algo cambia. Su empatía tiende a abrirse. El comportamiento empieza a tener cierto sentido, no desde la perspectiva de que tengan que aceptarlo, sino de que pueden trabajar con ello. Y desde ahí, pueden utilizar estrategias que realmente acerquen a la persona al cambio, en lugar de alejarla aún más.
Fuente original
Escrito originalmente por Lucía Cancela para La Voz de Galicia. Lee la noticia completa en La Voz de Galicia ↗
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